Diosas Falaces

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Inconclusas, interminables

Rápidos,

vamos calle abajo cargando con la mudanza,

una mudanza siempre inconclusa, interminable…

Sí, es probable.

 

 

Vamos rápido.

Nuestras melenas contra el viento…

La gente percibe el perfume de los inciensos quemándose en nuestra ya vieja casa.

Es bueno despedir un espacio cuasi sagrado regalándole una purificación

-aunque sea la única, hasta la fecha, que hayamos podido dejar.

 

 

Rápidos.

El final siempre ha sido rápido,

entre baches y rompe muelles, pero rápido.

Un día, sentados al sol, friéndonos con un amor a cuenta gotas y al otro, con maletas prestadas, secándonos el intercambio de penas…  de estas primeras fases de un cáncer de corazón.

 

 

Luego, un estruendo…

Una pequeña cantidad de pólvora que se había salvado de la última tormenta, prendió. Se incendió todo, con la misma rapidez con que esa mañana recogimos la terraza para resguardarnos del sol.

 

 

Por eso quemamos ese incienso.

Para conmemorar con ese mismo elemento de destrucción, la purificación de la despedida y del final

 

 

Todo fue tan rápido

aunque el caos se vio venir con la lentitud

con que la tortuga le ganó a la liebre.

Con firmeza y constancia, sin mirar hacia el suelo…

Así de rápido.

Así de pronto cuyos orígenes parecen improbables, inciertos…

como siempre han sido nuestras mudanzas…

Inconclusas, interminables…

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Carta desde la puerta de una habitación

Juntos.

Irremediablemente embutidos en la penumbra pavorosa de Wagner… de Pla,

de la mística tesitura del paladar…

de la sinrazón de la intuición y de la contundencia de tu boca.

Tus dientes afilados sobre la sombra de mi cuerpo.

 

La fantasía Ptolemaica es posible.

Eres el eje que regenta mis manos, el punto central entre tus piernas y nuestras promesas. El punto de no retorno cuando la noche que se cierra agotada. Wagner se abre paso a Liszt.

Cariátides bajo el templo de tu cama…. tu casa… el parque y la música de tu garganta apagándose a medida que llueven cadáveres exquisitos.

 

Juntos… el infierno persiste en su incontinencia.

Los demonios sueñan con nuestros cuerpos batirse en una guerra sin metales

y licuarse en el absurdo placer de permanecer juntos,

afincados en nuestro todo, desnudos… sin nada.