Diosas Falaces

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Diluvio de ti

El paseo por la ciudad se inundó de ti, no estuve preparado para el aguacero de tu pelo, la embriaguez de la niebla de tu aliento y la desesperante atmósfera de tu presencia… Lo llenaste todo, técnicamente todo: los resquicios de la inoperante reserva de vida, de la mía; los vacíos de las falsas respuestas prefabricadas y… las alarmas para emergencias.

Los paseos por los malecones limeños y asturianos se llenaron de lágrimas de miel; zetas doradas colgaron de los faroles y tu nombre era impronunciable a menos que confesara mi derrota… sí, mi fatídica derrota por escalar el estoicismo y correr bajo el aguacero de tu pelo, entre la niebla embriagante de tu aliento y, la desesperante atmósfera de tu presencia… Todo fue colmado…. técnicamente todo: los resquicios de la inoperante reserva de vida, de la mía.

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Caperucita apócrifa

Luego de que aquel cazador salvara a la caperucita, éste le obsequió su arma y le enseñó a cazar y a defenderse. También la convenció de que los seres de la naturaleza son peligrosos y no hay que fiarse de ellos. Ella le creyó por lo que le había pasado meses atrás con el lobo. De modo que se dispuso a practicar la puntería con su nueva mejor amiga (al menos, eso le dijo el cazador)
Acto I
Una joven de atuendo carmesí dispara una escopeta creando un serio daño en los corazones de los árboles del bosque.
Acto II
Una turba de girasoles llega corriendo dispuesta a capturarla, desdentarla y darle muerte bajo el mismo dolor que sintieron sus hermanos árboles.
Ella… envalentonada por la previsión de su fin, proclama la última hora de su carne y camina a paso firme hacia las vengadoras plantas, inflando sus pulmones…
Ella sopla con un viento digno de una rabia eólica. 
Ella sopla y vuelve a soplar, tal y como le habían enseñando hace varias páginas cuentarias los canis lupus eurasiáticos.
Los girasoles se hacen para atrás.
Los girasoles se juntan para rebatir el tsunami ciclónico, pero no pueden; vuelan disparados contra las cavidades vacías de los árboles, donde estuvieron sus corazones.
Acto III
Sangre húmeda y blanca.
La niña se desmaya.
No corren fluidos en su persona.
Está cerca de ahogarse.
En el suelo, presiente la llegada de alguien más.
Se acercan gravemente unas pisadas.
 
Un gnomo ataviado de un fabuloso traje azul acerca su rostro al de ella.
-¿Haz muerto?
-Casi, señor gnomo -dijo con dificultad.
-Oh, bella niña. Ya veo
-¿Me va ayudar?
-Sí, te voy ayudar. Verás… este bosque ha sido mi hogar desde hace 1500 años humanos y… ¡Mira lo que has hecho!
Ella lo miró fijamente presa del horror. El viejo ser de la naturaleza sentenció:
-Te voy ayudar sí, mi bella niña, pero a morir.