Diosas Falaces

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Inconclusas, interminables

Rápidos,

vamos calle abajo cargando con la mudanza,

una mudanza siempre inconclusa, interminable…

Sí, es probable.

 

 

Vamos rápido.

Nuestras melenas contra el viento…

La gente percibe el perfume de los inciensos quemándose en nuestra ya vieja casa.

Es bueno despedir un espacio cuasi sagrado regalándole una purificación

-aunque sea la única, hasta la fecha, que hayamos podido dejar.

 

 

Rápidos.

El final siempre ha sido rápido,

entre baches y rompe muelles, pero rápido.

Un día, sentados al sol, friéndonos con un amor a cuenta gotas y al otro, con maletas prestadas, secándonos el intercambio de penas…  de estas primeras fases de un cáncer de corazón.

 

 

Luego, un estruendo…

Una pequeña cantidad de pólvora que se había salvado de la última tormenta, prendió. Se incendió todo, con la misma rapidez con que esa mañana recogimos la terraza para resguardarnos del sol.

 

 

Por eso quemamos ese incienso.

Para conmemorar con ese mismo elemento de destrucción, la purificación de la despedida y del final

 

 

Todo fue tan rápido

aunque el caos se vio venir con la lentitud

con que la tortuga le ganó a la liebre.

Con firmeza y constancia, sin mirar hacia el suelo…

Así de rápido.

Así de pronto cuyos orígenes parecen improbables, inciertos…

como siempre han sido nuestras mudanzas…

Inconclusas, interminables…

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Gaviota de naufragio

Y entonces,

llegó la gaviota a mi isla.

Mis manos se alzaron al creerla una emisaria de dios.

Nueve largos años de naufragio terminaron en un segundo.

Mi piel cuarteada y lacerada se deshacía a cada paso.

Mis pies, negros y rojos…

Mi balbuceante sonrisa, mi psicótica alegría…

mis manos casi en muñones no podían creerlo.

 

Aterrizó la gaviota portando un trozo papel en su pico.

El lugar de donde venía no estaba lejos –seguramente.

Un día más con su noche no importaba,

Dos días más con sus noches no eran nada…

Una semana más no era gran cosa…

 

Unos días de sangre y barro en lugar alimentos no eran problema.

Úlceras, gritos y lágrimas por sombras,

durante un poquito más de tiempo.

Una gaviota tampoco puede venir desde tanta distancia.

 

Dejó caer la gaviota, decía –perdonen- un trozo de papel.

En él se leía a través de una mancha borrosa, una palabra:

HOY

El castellano era definitivo.

La caligrafía era elegante y venida a menos pero eran míos.

Ya eran todo míos, mi faro y bote-salvavidas.

 

Mañana lavaré mis heridas en el mar,

Cortaré la ropa y me vendaré con sus trozos.

Esperaré entre los árboles a que mi gaviota vuelva a regresar:

Acabo de enviarla con una nota en la sangre de mis codos:

SÍ.