Diosas Falaces

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Inconclusas, interminables

Rápidos,

vamos calle abajo cargando con la mudanza,

una mudanza siempre inconclusa, interminable…

Sí, es probable.

 

 

Vamos rápido.

Nuestras melenas contra el viento…

La gente percibe el perfume de los inciensos quemándose

en nuestra ya vieja casa.

Es bueno despedir un espacio cuasi sagrado regalándole una purificación

-aunque sea la única, hasta la fecha, que hayamos podido dejar.

 

 

Rápidos.

El final siempre ha sido rápido,

entre baches y rompe muelles, pero rápido.

Un día, sentados al sol, friéndonos con un amor a cuenta gotas

y al otro, con maletas prestadas, secándonos el intercambio de penas

de estas primeras fases de un cáncer al corazón.

 

 

Ha sido por un estruendo,

porque una pequeña cantidad de pólvora que se salvó de la última tormenta.

Se prendió a la tarde siguiente,

se incendió todo, con la misma rapidez

con que esa mañana recogimos la terraza para resguardarnos del sol.

 

 

Por eso quemamos ese incienso.

Para conmemorar con ese mismo elemento de destrucción,

la purificación de la despedida y del final

 

 

Todo fue tan rápido

aunque el caos se vio venir con la lentitud

con que la tortuga le ganó a la liebre.

Con firmeza y constancia, sin mirar hacia el suelo…

Así de rápido.

Así de pronto cuyos orígenes parecen improbables, inciertos…

como siempre han sido nuestras mudanzas…

Inconclusas, interminables…


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En el museo supraprofano

 

En el museo de la mortalidad

Todo discurre con la normalidad de un río amazónico.

Una suerte de monzón crepita en la soledad demiúrgica de su único habitante.

En ese mismo museo

Se han construido nombres fabulosos, montañas de nomenclaturas para poder definir toda clase acontecimientos sentimentales que el verbo consuetudinario no puede. Nombres complejos cuyas síntesis excede esta minúscula prosa.

Sin embargo,

debo esbozar algo sobre ello.

Ese único habitante es el bibliotecario, el guardián de sus fondos documentales.

Ha quedado solo para seguir confeccionando nuestros propósitos.

Atiende al público con una amabilidad oriental inscrita en una sonrisa de Shah.

Omnipresente para el profano y el exégeta,  despliega ante ellos rollos amarillentos de poesía oscura y  clarividente cuyos temas recurrentes son el diluvio y la creación universales, la santidad y la orfandad de las almas infames y el amor gélido

atravesado por lanzas incandescentes anónimas.

 

En el museo de la mortalidad,                 cada domingo acude un auxiliar de limpieza a barrer la tierra que las huellas de los curiosos van dejando en el interior.

Un servidor, irá mañana, ya todo estará sucio.