Diosas Falaces

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Gaviota de naufragio

Y entonces,

llegó la gaviota a mi isla.

Mis manos se alzaron al creerla una emisaria de dios.

Nueve largos años de naufragio terminaron en un segundo.

Mi piel cuarteada y lacerada se deshacía a cada paso.

Mis pies, negros y rojos…

Mi balbuceante sonrisa, mi psicótica alegría…

mis manos casi en muñones no podían creerlo.

 

Aterrizó la gaviota portando un trozo papel en su pico.

El lugar de donde venía no estaba lejos –seguramente.

Un día más con su noche no importaba,

Dos días más con sus noches no eran nada…

Una semana más no era gran cosa…

 

Unos días de sangre y barro en lugar alimentos no eran problema.

Úlceras, gritos y lágrimas por sombras,

durante un poquito más de tiempo.

Una gaviota tampoco puede venir desde tanta distancia.

 

Dejó caer la gaviota, decía –perdonen- un trozo de papel.

En él se leía a través de una mancha borrosa, una palabra:

HOY

El castellano era definitivo.

La caligrafía era elegante y venida a menos pero eran míos.

Ya eran todo míos, mi faro y bote-salvavidas.

 

Mañana lavaré mis heridas en el mar,

Cortaré la ropa y me vendaré con sus trozos.

Esperaré entre los árboles a que mi gaviota vuelva a regresar:

Acabo de enviarla con una nota en la sangre de mis codos:

SÍ.

 

 

 

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En el museo supraprofano

 

En el museo de la mortalidad

Todo discurre con la normalidad de un río amazónico.

Una suerte de monzón crepita en la soledad demiúrgica de su único habitante.

En ese mismo museo

Se han construido nombres fabulosos, montañas de nomenclaturas para poder definir toda clase acontecimientos sentimentales que el verbo consuetudinario no puede. Nombres complejos cuyas síntesis excede esta minúscula prosa.

Sin embargo,

debo esbozar algo sobre ello.

Ese único habitante es el bibliotecario, el guardián de sus fondos documentales.

Ha quedado solo para seguir confeccionando nuestros propósitos.

Atiende al público con una amabilidad oriental inscrita en una sonrisa de Shah.

Omnipresente para el profano y el exégeta,  despliega ante ellos rollos amarillentos de poesía oscura y  clarividente cuyos temas recurrentes son el diluvio y la creación universales, la santidad y la orfandad de las almas infames y el amor gélido

atravesado por lanzas incandescentes anónimas.

 

En el museo de la mortalidad,                 cada domingo acude un auxiliar de limpieza a barrer la tierra que las huellas de los curiosos van dejando en el interior.

Un servidor, irá mañana, ya todo estará sucio.