Diosas Falaces

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En el museo supraprofano

 

En el museo de la mortalidad

Todo discurre con la normalidad de un río amazónico.

Una suerte de monzón crepita en la soledad demiúrgica de su único habitante.

En ese mismo museo

Se han construido nombres fabulosos, montañas de nomenclaturas para poder definir toda clase acontecimientos sentimentales que el verbo consuetudinario no puede. Nombres complejos cuyas síntesis excede esta minúscula prosa.

Sin embargo,

debo esbozar algo sobre ello.

Ese único habitante es el bibliotecario, el guardián de sus fondos documentales.

Ha quedado solo para seguir confeccionando nuestros propósitos.

Atiende al público con una amabilidad oriental inscrita en una sonrisa de Shah.

Omnipresente para el profano y el exégeta,  despliega ante ellos rollos amarillentos de poesía oscura y  clarividente cuyos temas recurrentes son el diluvio y la creación universales, la santidad y la orfandad de las almas infames y el amor gélido

atravesado por lanzas incandescentes anónimas.

 

En el museo de la mortalidad,                 cada domingo acude un auxiliar de limpieza a barrer la tierra que las huellas de los curiosos van dejando en el interior.

Un servidor, irá mañana, ya todo estará sucio.

 

 

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2 comentarios

  1. Mientras haya bibiotecarios el mundo sguirá girando. Un saludo

    Me gusta

    diciembre 17, 2016 en 12:52 pm

    • Exacto querido José.
      El mundo seguirá también teniendo alma mientras hayan bibliotecas

      Me gusta

      diciembre 18, 2016 en 10:13 am

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