Diosas Falaces

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Miel urbícola

 

I

 

La ternura de tu sexualidad aloja la brutalidad de la mía.

Golpes sordos en cada comisura de tu bosque carmíneo.

Monte olímpico-telúrico donde nuestras caricias son los gritos de Hefesto prisionero entre nuestras piernas.

 

Tu mirada avanza y se multiplica,

erosiona las capas de mi piel creando bicéfalos ríos transparentes.

 

Después de todo soy un viejo océano dispuesto a secarse.

Ando oculto entre las rocas esperando la aparición de las primeras gotas de lluvia

para bailar una danza jíbara e iniciar nuestro descenso y desbrave.

 

 

II

 

Es de noche y el agosto de aquí no es el agosto de allá.

La cualidad de cada hemisferio se derrite en una mandorla crematoria

reduciéndolo todo a nada… a vellos, cutículas y  harapos…

a miserables tragicomedias donde mi figura vale solo una gota de sangre;

porque tú…

eres un animal hiriente que acecha en la penumbra de la luz urbícola:

Pavimentas la ciudad con aludes.

Me golpeas.

Te envisto cubriéndote.

Me rompes el pecho.

Resisto, me desplomo y me levanto.

Te contraes y ruges como Leviatán en sus cavernas.

Me rindo…

y de pronto tu voz como de gaviota

sindica la agonía de todos los veranos australes.

 

Me haces tuyo.

 

 

Publicado también en Palabra sobre Palabra (ASELCA) Comunidad de escritores en castellano

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