Diosas Falaces

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Residencia I

I

Al finalizar la construcción de nuestra casa de cristal, mis costillas se escarcharon. Caían esquirlas que dañaban el interior de mi cuerpo.
Mientras sufría mi mortalidad, tú detenías el mundo en una eterna inauguración.
Seguí caminando a tu lado.
Pintabas avenidas con tus abrazos.
Algunas veces te soltaba.
Rezagado, me dolía el pecho al ir hacia ti.

Me llagaba la boca cuando trataba de llamarte. Al final, terminaba diciendo…

– Sigue que ya no puedo continuar.

II

Recuerdo que al iniciar nuestro viaje, prometimos develar cualquier deseo para que nada quedase postergado, incluso todas las expresiones de afecto deberían ser dadas:

Humedad para los labios,
Flores para la piel,
Tenazas largas para nuestra memoria,
miradas penetrantes,
bofetadas guardadas…

Todo aquello que pudiera prevenir heridas que ulceren el dominio del deber y el derecho a la pasión. Sin embargo… todo comienzo representa una despedida, un no-retorno. Una bocanada de espanto que atraviesa las córneas de los peatones al caer que el tiempo solo es tiempo para ellos y por ejemplo, nada para ti… Nada para tus pasos que colapsan los latidos de los suyos y desmenuzan las plumas del aire cuando respiran a regañadientes.

III

El tiempo es circular para ti, es oriental… asiático… color del sol; por eso…

– Sigue que ya no puedo continuar.

Publicado también en Palabra sobre Palabra, Comunidad de Escritores

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