Diosas Falaces

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Autorretrato displicente

Mi abuelo, el del pie partido por la mitad nació de tus brazos.

Murió en el asfalto devorado por los perros de mi jardín y,

antes de morir se acordó de nuestros cumpleaños tres y seis.

Mi madre, la de los ojos marrones café,

se enamoró una vez más de la infelicidad.

Nos envió saludos… pero cuando nos vio, sintió la piedad

que experimentábamos al cumplir un año más y un año más…

Mi hermano, ése, el de las manos duras y negligentes, olor a mar;

se negó a regresar a casa.

Se llevó sus fotos, mis fotos, su habitación…

y tiró nuestros anteojos para dejar de recordarnos más.

Mi padre, el del cabello hueco, se marchó.

Nos visitó años después en casa.

Ofició una misa con un tío suyo, acordonando y clausurando el lugar impidiéndonos salir.

Hasta hoy no hemos conseguido robarles la llave.

 

Publicado también en La Comunidad literaria Palabra sobre Palabra

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