Diosas Falaces

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Lluvia gris hormigón

 

La lluvia de junio, en Lima, olía al mundo.

Un mundo de brea que se resumía en una foto blanco y negro. Ahora que recuerdo,  todas las lluvias no aprenden a caer sin hacer estragos… menos sobre Jesús María, Pueblo Libre, Lince, el Cercado, Madrid, Las Rozas o Majadahonda.

Caían las lluvias pues, sin ritmo, compás ni armonía.

Caían todas las lluvias; es decir, como cuando tus manos procuraban relajar mis hombros. Tus manos, que también caían como lluvia, haciendo estragos… como hasta ahora.

Todas las lluvias del mundo caían y caen sobre Lima.

Entre tanto, caen mis párpados a la tierra viaje tras viaje mudando de nombre, de escritorio, de cocina y de cielo.

Sí…

Por eso, cada ida y vuelta,  la lluvia madrileña se sumaba a la limeña que la gente bebía levantando la cabeza y abriendo la boca.

No…

Todas las lluvias no hacen florecer nada, sólo sustentan paciencia: valles de hormigón y semáforos…

Flores invisibles en las palmas, ríos de lápices en mi nuca.

Comezón de aserrín  hecha llovizna sobre las cornisas de la Calle de San Pedro, por ejemplo.

Me imagino una gran terraza gris que nos pueda alojar cuando ya no hayan más abrigos.

Me iré y regresaré sucesivamente y las lluvias seguirán cayendo sobre Lima o sobre cualquier lugar, Las Rozas por ejemplo y oleremos cada vez más al mundo. Un mundo –insisto- de brea, blanco y negro, de calles rotas.

Porque la lluvia me sigue haciendo estragos.

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