Diosas Falaces

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Sobre un profesor confundido y un niño memorioso.

Costa Camba regentaba una academia donde se dictaba asignaturas diversas: mnemotecnia, oratoria, dicción, declamación, educación sexual, control mental y hasta baile. Todo ello bajo el prometedor título de “Desarrollo de la Personalidad”. Recuerdo el nombre de la Academia y hasta el nombre completo del ignoto y polivalente tributatio de Séneca. No voy a identificarlo aquí por razones obvias, pero bueno. Aquí les dejo una nota sobre esta memoria.
Yo tenía 13 años. Mis conocidos problemas de integración social, el preocupante desconcierto de mis padres por mi habilidad comunicativa: mi creciente y crónica tartamudez, mi fastidiosa manía por las travesuras, las mentiras y mi poderosa imaginación a la hora de romper cosas, hicieron que se pongan manos a la obra en buscar brujos, chamanes y pitonisos; por no decir, psicólogos, terapeutas y psiquiatras.
Fue una amiga de mi madre –otra vez, no la del anterior relato- que le aconsejó preguntar e inscribirme en ese “Centro” limeño. Inscripción que hizo que me perdiese salir en el video de primera comunión de mi hermano. ¡¡Diantres!!
Las clases o más bien “reuniones” eran alegres; el profesor, dicharachero con un don para engreír multitudes, donde yo era el menor de la fauna. Todos querían “desarrollar su personalidad”; es decir: Leer velozmente, fortalecer la memoria, ser mejores ciudadanos, controlar los poderes de la mente, implementar la interlocución y bueno, saber bailar. Era sorprendente. Un niño entre 20 alumnos mayores, padres de familia o jóvenes ingenuos, creyéndolo todo, a no ser por unos cuantos truquillos mnemotécnicos que me sirvieron en algunas ocasiones. En fin…
Costa Camba –sus apellidos, solamente son válidos- estaba entrenado para ganar dinero. Se tomó la molestia de imprimir folletines donde se conservaba y divulgaba sus lecciones. En aquellos años –y debo darle el mérito- los peruanos y creo que la mayor parte de iberoamericanos sentían una monumental pudor cuando tocaba hablar sobre sexo. Este hombre se enfrentaba al tema con total didáctica muy persuasiva. Hablaba del orgasmo como se habla hoy en día sobre la prima de riesgo. Pontificaba sobre oratoria con la misma presteza que tiene un cirujano cardiovascular empuñando un aparato láser. Esgrimía sobre lectura veloz con el talento que sustenta un mercader árabe cuando intenta vender su última alfombra –o su sebo de culebra.
Yo iba, como dios manda o como mi madre mandaba, con un cuadernito para tomar apuntes, siempre nervioso y tímido; claro, ir cada sábado, ver a la misma gente, conversar un poco con ella… hacía más llevadero mi miedo al público. De pronto: ¡¡¡Clase de declamación!!! Leer un poema de corte reivindicativo.
– ¿Quién se atreve? – Dijo el profesor. Todos quedaron inmóviles. Mientras yo me preguntaba ¿Porqué? Si todos son mayores y hablan perfectamente. ¿A qué el miedo? Pasaron los segundos y me dije:
– ¡¡Qué diablos!! Que mi primera vez sea aquí. Mejor desconocidos que conocidos.
– ¡¡¡Aplausos para el joven!!! – Todos aplaudieron.
– ¿Pero qué estoy haciendo? – Me reproché, pero ya era tarde.
Entonces me vi de pie ante un tumulto infamemente desconocido que se sonreía también infamemente de mi tamañito, de mi cara lampiña e infantil. Me entró rabia. Entonces, comencé… Vociferé… Declamé… Mi voz retumbaba en el aula cual vorágine, cual maelstrom divino, como si el gran Eolo hubiera anidado en mis pulmones su aliento olímpico.
Todos quedaron estupefactos, bueno la mayoría. La menor parte de la sala sonreía. Ahora que soy adultos imagino esas sonrisas como una mezcla de emoción, admiración y vergüenza ajena. Lo raro es que cuando salía de ese edificio de oficinas, no sentía nada; era como si solo allí vencía mis demonios y todos éramos ángeles. En el colegio nada cambiaba. Seguía siendo el chico retraído, solitario y ajeno a toda forma de vida. Años después, cuando la vida social me valía un centavo y no me preocupaba ni mi propia timidez, pude llevar a la praxis algunos truquillos válidos de ese viejo charlatán. Charlatán no porque todo lo que profesaba era mentira –en realidad la mayoría, cosas que no voy a tocar aquí (bases científicas y didácticas sobre la sexualidad, lectura veloz, principios de la mnemotecnia, cuestiones elementales sobre la personalidad, temperamento y carácter; la física del cerebro y bueno hasta puntos basales de sociología) me detengo porque si no, no terminamos y esto se haría más engorroso que el discurso de un dictador. La psicología que usaba era la típica de un mercachifle de teletienda: agresiva, egoísta, entorilada y bueno, adjetivos por el estilo.
Las clases de baile… no. Mejor lo dejo ahí. No quiero convertir esto en un relato cómico; basta con decir que el tipo sabía bailar solo mejor que una tortuga copulando.
Qué será de la vida del anónimo y díscolo Costa Camba.
Ups. Acabo de revisar en Internet –no lo había hecho antes y no sé porqué- que ha escrito un libro. Dios, no quiero ni imaginarme lo que contendrá.

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