Diosas Falaces

Maternidad y desconsuelo. Una memoria infantil

Era una tarde calurosa –tengo que decir que todos mis recuerdos infantiles poseen, o una mañana resplandeciente o una tarde de buen sol- pero ésta era una tarde de verdadero calor.  Yo jugaba con mi hermanito en el estrecho pasadizo de lozas rojas con una escalera vieja de madera tumbada a su largo. Él me lanzaba una pelota con las manos, mientras que yo le decía que no, que se patea, que no se tira… hasta que me la pateó tan fuerte que fue más allá de nuestra cancha y se coló por un cuarto. Mamá me había dicho que no entrara hasta que la viera salir, pero yo tenía que recoger la pelota.

Es un recuerdo triste con una escenografía luminiscente. Nunca había visto llorar a mi madre hasta aquella vez y es que, cuando digo “nunca” la había visto llorar, es por que hasta aquellos once años de mi vida, nunca la había visto llorar.

Mi madre era una lanza viva y parlante, solo doblegada cuando se enfrentaba consigo misma; es decir, cuando algo o alguien se metía con sus cachorros. Era una leona rampante e hiriente. De su boca podía salir eso que los niños descubren y le llaman ternura o un meteorito que podía generar un agujero como el de Guatemala… Así era mi madre por esos años.

Pero fui coger la pelota a gatas, iba despacito para que –en mi ingenuidad- no me vieran.  Entonces vi mi juguete bajo la mesa de noche y a los pocos segundos, la miro:

Su mejor amiga le cogía las manos al tiempo que le abrazaba, dejando un pequeño espacio por el que podía ver su nariz, sus ojos dolientes y llorosos; pero cuando me vio, el llanto ya no pudo contenerse hasta que  respiró sollozando profundamente. Yo me quedé quieto y asustado; jamás le había visto así. Su rostro aún bastante joven se desplomaba como cuando demuelen un urbanización completa en un chasquido. No me hubiera podido mover si mi madre no me habría dicho: “Ve a jugar afuera por favor, hijito”. La frase me sacó del trance en el que estaba. Salí y le dije a mi hermano que ya no jugaríamos, que mejor entráramos al comedor y que mamá estaba llorando.

-¿Porqué?

-No sé. No hemos hecho nada. Mi papá está bien.

-¿Después le preguntamos ya?

Pero no nos dijeron nada de inmediato. A los días nos enteramos que la clínica había informado que la niña –la ansiada niña que siempre soñó tener- viviría solo unas horas al nacer o tal vez no nacería con vida.

Cuando la visitamos en la clínica, ella nos dijo que no nos pusiéramos tristes, que ahora la pequeña era un angelito, que dios lo quiso así, que habría sido triste que falleciera años después por “alguna enfermedad” y que dios lo quiso así.

En el entierro, recordé esas palabras donde mi madre encontraba resignación en su pena y en la de mi padre… una resignación que buscaba paz sin consuelo.

Mis compañeros de colegio acompañaron mi tarde en el cementerio. Las palabras de mi madre esta vez nublaron mis ojos y lloré, lloré mucho. La “Miss Mervi”, la tutora, me abrazó y me dijo que era un buen niño, un buen hijo, un buen alumno, que debía ser fuerte, que me tranquilizara y palabras más que no recuerdo. Pero yo no lloraba por mi, ni por la hermanita que no conocí y a quien ya quería sólo por la alegría que le hubiera procurado a mamá.

El niño de once años lloraba jadeante porque mamá lloró inmensamente, por primera vez en mi vida, y creo que en su vida; porque mi hermanito lagrimeaba en su sitio, lejos de mí y porque los demás compañeros –todos tontos- se acercaban a verla con la misma curiosidad que a una pieza de museo y, además por que a mamá, el destino, dios, el diablo o la naturaleza –tenga el nombre que le queramos dar- la estaba haciendo infeliz, desconsolada y resignada.

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