Diosas Falaces

Cada día cae Alejandría, la nuestra.

Cada día cae Alejandría. Cientos de años de ciencia, tesis e ideas avanzadas caen como cae la temperatura en todo este hemisferio.

El Metro de Madrid, expectora sus pluri-étnicas gentes por todas sus terminales; claro, eso cuando no hay huelgas. Ahora las gargantas de ese monstruo de acero se encuentran congestionadas y ha decidido dejarse llevar por los órganos sindicales en protesta. Eso me recuerda que tengo que tomar unas pastillas, siento que la sangre también se congestiona de a pocos.

 

Alejandría cayó en su tiempo; primero, por la muerte de su fundador, cayó con los romanos, con los benditos cristianos y, a su vez cayó por los musulmanes. Madrid cae todos los días como cae la Bolsa –la bursátil. Cae y las calles se hunden en una neblina que, aunque mesurable, la siento como infinita cuando cada  ciudadano se abre paso por las calles y esquinas sin lograr aclararse.

La niebla es más densa que la novela homónima. Todos los días cae Alejandría tanto, que hasta cuando también llueve, las gotas caen aterrorizando a todos. Los vecinos se arman con paraguas y otros menos laicos huyen de las lágrimas de los dioses.

Los guías de turismo aseguran que las ciudades tienen Historia, los folcloristas, que tienen historias, los parapsicólogos, que tienen memoria; yo, que soy un pesimista redomado con las nuevas generaciones, como quizás lo estuvieron los decimonónicos en los albores del siglo XX, creo que no, que cada cinco años las calles se hacen más agnósticas, más no-espirituales, amnésicas. Con cada niebla espesa y fría, la ciudad empieza a olvidar las pisadas de quienes caminaron sobre ellas por primera vez y, a la larga, olvidarán también a sus dioses.

El frío se apodera de los huesos, de la mente. El frío instala construcciones, arquitecturas, esculturas de nuevas deidades y en otros casos,  pontífices de un falso renacimiento.

Alejandría, nuestra Alejandría diariamente cae, cae sin música; como si de una guerra se tratase… Se oye un sonido seco, como el de un cañonazo y luego, una larga y generosa humareda.

Cada día cae Alejandría y no nos damos cuenta de ello. Nuestros edificios reducen su luz para dar paso a una noche que quiere apoderarse del escenario universal.  Cada día cae nuestra Alejandría, pero lo más irónico es que cuando cae, la periferia se despierta creyendo  haber  dado a luz un Alejandro y se lamenta porque esa misma noche lo habrán llevado a la muerte.

¿No es verdad, Alejandro?

 

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